Entrevista a Tomás Navarro

Tomás Navarro

Nos concede una entrevista el psicólogo y coach Tomás Navarro acerca de su último libro publicado ‘Kuntsokoroi’ (Zenith, 2016). Una guía inspiradora que nos enseña que las dificultades puedes ser oportunidades para convertirnos en personas más fuertes y bellas.

 

Una de las claves de esta guía, al parecer, es que seamos capaces de analizar correctamente lo que podemos cambiar de lo que no para poder tomar mejores decisiones y gestionar así eficientemente la adversidad. Parece más fácil en la teoría que en la práctica, ¿no le parece?

Ciertamente no es fácil, pero tampoco es tan difícil. En cualquier caso, querido Ginés, lo que no podemos hacer es dejarlo de hacer porque sea difícil. Vamos por partes, en mi primer libro, fortaleza emocional, describo un método que nos va ayudar a conseguir este propósito. El primer paso, sin duda, es el de ganar perspectiva, el de ver con cierta distancia lo que nos está pasando, lo que estamos sintiendo, lo que estamos viviendo. Aquí está la clave, ya que con esa perspectiva podremos analizar mucho mejor. La perspectiva se gana haciéndose uno una pregunta de manera recurrente: ¿Qué sentido tiene lo que estoy haciendo? No hace falta más… Eso sí, trata de responder en clave de sinceridad, con la mayor honestidad posible.

De la respuesta a esta pregunta nace el segundo paso. Si la respuesta es que no tiene sentido, o que tiene sentido para otra persona pero no para mi, tenemos que plantearnos una nueva pregunta… ¿Qué voy a hacer para darle sentido o para dejar de hacer algo sin sentido? Pero hay que ser muy valiente para formularse esta pregunta ya que de su respuesta pueden surgir muchas consecuencias. Lo que no hacemos no nos duele, o creemos que no nos duele, pero en realidad nos está limitando.

Empieza a pensar diferente, teniendo en cuenta las consecuencias a medio y largo plazo de aquello que estás haciendo ahora mismo y desterrando el miedo y la comodidad de tu vida. Tan solo de esta manera podrás pasar al tercer paso, pasar a la acción y tomar una decisión.

De todas maneras, en muchas ocasiones, el problema no es que no sepamos discriminar aquello en lo que podemos incidir de lo que no. El problema suele ser que no queremos cambiar algunas cosas por miedo o por comodidad y de esta manera nos autoengañamos y nos distraemos tratando de cambiar cosas que no pueden ser cambiadas.
Párate, detente y dedica tu energía a cambiar aquello que puede ser cambiado y que no quieres aceptar. A medio plazo tu salud te lo agradecerá.

Además del término japonés kuntsukoroi (que da título al libro), asociado al arte de recomponer lo que se ha roto, descubrimos otros conceptos de aquel país, como son el ikigai (la razón de vivir o de ser) y el mottainai. ¿Nos los comenta en el contexto de este libro?

Podemos aprender mucho de las diferentes culturas del bello planeta tierra. Mi mejor consejo es que nos mostremos receptivos a aquello que nos pueda ayudar a expandir nuestra mente, sea de la cultura que sea… y con el ejemplo predico ya que esto mismo es lo que he hecho al incorporar estos términos en el libro.
Ikiagai es una palabra que ilustra a la perfección un concepto clave en el libro. A menudo, cuando la adversidad y el dolor golpean duro, la vida pierde sentido y, sin darnos cuentas, nos encontramos vagando cual zombies, dejando pasar los días o incluso pensando en que la vida no tiene ningún sentido.

Pero es justo en la adversidad, cuando más necesitamos de nuestra fortaleza emocional para poder darle un sentido a nuestra vida y que nos impulse a levantarnos de la cama y superar nuestro dolor.
Ikiagai hace referencia la sentido de nuestra vida, al motivo por el que nos tenemos que levantar cada mañana, la resorte que nos va sacar de la cama de un salto y que nos va a permitir afrontar el día a día y por ende, la adversidad que tenemos ante nosotros.

Podemos tener más de un ikiagai. No hace falta que sean grandes motivos, pero si que han de ser lo suficientemente intensos como para sacarnos de ese estado de letargia y noqueo en el que nos encontramos.
Siempre hay alguna motivación para seguir adelante. Por uno mismo, por los hijos, por lo vivido o por lo que queda por vivir. Busca tu Ikiagai y, si no encuentras ninguno, aquí te doy yo uno… Levántate de la cama y lucha ya que el mero hecho de hacer algo que te va a ayudar a estar mejor. Invierte en ti y lucha por ti.

En el libro también encontramos, como muy bien señalas, el término Mottainai. Mottainai tiene que pronunciarse acompañado de una exclamación, como enfadado, incluso. ¡Mottainai! La traducción al español de Mottainai sería algo así como… ¡Pero qué estás haciendo alma cándida desaprovechando algo tan importante como es… En este caso la experiencia vivida. Mottainai tiene el origen en tiempos más míseros que vivió Japón, tiempos en los que no se podía desaprovechar nada ya que todo era valioso dada la escasez de recursos.

En kintsukuroi utilizo el término Mottainai para animarte a que no desperdicies algo tan valioso como ha sido tu experiencia, la experiencia del dolor sufrido y superado. La adversidad es una gran escuela, así que ningún dolor habrá sido en vano si somos capaces de aprender de lo ocurrido.

Pero me permito ir todavía un poco más allá ya que tu experiencia es válida para ti pero también para las personas que te rodean. Comparte lo vivido y estarás ayudando a muchas personas a que no pasen por lo mismo que tú has pasado, a que encuentren alternativas para gestionar la adversidad y a que se sientan apoyadas y acompañadas en su lucha.

Me gustaría que nos hablase un poco más acerca del concepto del impulso de reparación.

El impulso de reparación es un mecanismo de adaptación fisiológico. Cuando nos hacemos un corte, nuestro cuerpo activa una serie de complejos mecanismos y funciones que nos van a permitir curarnos y cicatrizar esa herida. De la misma manera tenemos un impulso de reparación psicológico que nos va a permitir gestionar ese dolor emocional. El problema es que a veces interferimos en el proceso y no permitimos que la herida sane. Permíteme que comparta un ejemplo. Cuando andamos o corremos, nuestro cerebro coordina a la perfección lo que nuestros ojos perciben con lo que nuestro cuerpo tiene que hacer; ahora bien, cuando tenemos miedo, introducimos un extra de atención y de distracción a la vez en este complejo proceso de tal manera que estaremos provocando una interferencia que muy posiblemente acabe provocando que tengamos un traspiés.

De la misma manera interferimos en el proceso de sanación emocional, impidiendo que la herida emocional cicatrice. Solemos interferir cuando nos precipitamos en nuestras conclusiones, cuando nos autoengañamos creyendo que no es tan importante lo que nos ha pasado, cuando utilizamos el dolor para llamar la atención, cuando no nos permitimos un retiro para analizar lo ocurrido o cuando creemos que nosotros solitos podremos salir de esta, entre otras muchas cosas.

Finalmente, de la misma manera que ocurre con las grandes heridas físicas, algunas heridas emocionales no pueden ser sanadas a pesar del impulso de reparación y requieren de la ayuda de un profesional. Existen los desequilibrios bioquímicos, los trastornos mayores y las situaciones altamente complejas, situaciones, todas ellas, que escapan la control del impulso de reparación.
Podemos hacer muchas más cosas de las que nos imaginamos, pero no podemos controlarlo, gestionarlo o curarlo todo. Cuanto antes nos demos cuenta, antes podremos pasar a la acción, aquella que sea más apropiada e indicada.

A menudo tratamos de tapar el dolor con medicación o autoengaños, leo también en Kintsukoroi. ¿Cree que se dispensan demasiados medicamentos para paliar enfermedades que podrían curarse acudiendo a especialistas en psicoterapia? ¿Se abusa de la farmacología?

La medicación en sí misma no es buena o mala. Una medicación bien indicada, monitorizada y con una dosis adecuada te puede permitir trabajar muchas cosas a nivel psicológico. A veces necesitamos remontar una situación, controlar unos pensamientos delirantes, equilibrar una deficiencia bioquímica transitoria o crónica o ayudar a paliar unos síntomas y no tenemos otro modo de hacerlo que con medicación.

Pero es bien cierto y frecuente, que se administra medicación sin control, sin monitorización y sin analizar la dosificación adecuada. Médicos generales cargados de buenas intenciones, presionados por un sistema que penaliza las derivaciones, sobrevalorando sus conocimientos de Psicofármacos o atreviéndose a (mal) diagnosticar trastornos mentales; dispensan cantidades ingentes de medicación que no procede, lo que supone un gran riesgo ya que el paciente se queda con la sensación de que se está tratando su problema, pero en realidad tan solo se están tratando algunas de las consecuencias de su problema, sin incidir lo más mínimo en el origen del problema.

Por ejemplo, en muchas ocasiones el médico de familia receta ansiolíticos cuando en realidad el paciente necesita aprender a tomar decisiones ya que la ansiedad que siente y padece es la consecuencia de las decisiones que toma o deja de tomar. En ocasiones un cambio de trabajo, una separación o una mudanza, son los mejores ansiolíticos del mundo.

Por otro lado, y esto lo he vivido en primera persona, el médico de cabecera, me recetó ansiolíticos y antidepresivos para relajar mi estado ‘nervioso’ que estaba provocando problemas digestivos… Problemas que no fueron otros que un virus o bacteria que me infectó en una de mis expediciones y una hernia de hiato secundaria a mis intensos entrenamientos después de haber comido durante mi juventud.

Si no llego a dedicarme a lo que me dedico, posiblemente hubiera muerto lentamente, eso sí, relajado y feliz.
Así que como conclusión dos grandes reflexiones. La primera es una llamada de atención a los profesionales de la salud, a los diagnósticos que realizan y los fármacos que recetan. La segunda, a veces hay que tomar medicación sí o sí. De la misma manera que una persona diabética necesita insulina, algunos trastornos necesitan del tratamiento con un Psicofármaco; pero para el resto de casos, nunca dejéis de incidir en el origen del trastorno, en la causa del desequilibrio, en el problema en sí mismo. No te resignes a tratar unos síntomas cuando puedes incidir en el origen de los mismos.

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