La mujer de nadie

9.50

La mujer de nadie se arropa solo con la voz de un poeta. Únicamente él logra que asome por el embozo ella misma, ese sueño pesado e irresistible que se arrebata entre sus párpados. Resulta paradójico que esa voz o un poeta se sirva del paladeo de un bostezo para acunar semejante revolución.

Sonrojada, convencida de que Héctor concibe esa poesía, se revuelve en el sudor del que sueña; y este libro que tú sostienes en las manos de ella te lanza a pie de calle, al traqueteo de la lluvia sobre el cristal, a un torpe beso en un portal, al futuro condenado bajo un flexo, a la última sesión del filme que la crítica ignoró (ellos no), a la verdad que hoy cobijan los puentes debajo o a su sonrisa despeinada por la brisa del mar libre que la espera bravo.

Ardes. Y en el entretanto, una bandada de cerriles y melosas legañas se enreda en el pestañeo de la que es de nadie. Y es entonces cuando uno de estos versos, necesario, se asoma al mundo; agarra las sábanas a todo trapo y las mete bajo el colchón para que ella misma, tu calor, no se escape. (Carmen González Barral).

Sin existencias