“La libreta amarilla” de Lola Estal: el dolor del olvido

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Entrevista a Lola Estal, autora de “La libreta amarilla”

Lola Estal nació en Puerto de Sagunto en enero de 1957. Reconoce que en un inicio su formación fue muy básica y que escribe “de leídas”. Sin embargo, un día decidió que había llegado la hora de recuperar el tiempo y se matriculó en la UNED. Primero al acceso a universidad para mayores y luego Lengua y Literatura. Su mejora ha sido considerable y desea seguir formándose y dar el paso a la poesía. En sus manos ya tiene “La libreta amarilla”, editada por Olelibros.com.

¿Cuándo comenzó a escribir?

Siempre he ido con un boli y una libreta en la mano pero realmente cuando más siento la necesidad de escribir es tras la muerte de mi padre, en el año ochenta y cinco. Al principio eran cartas que le escribía por la noche, cuando todos se habían acostado. A la mañana siguiente, consciente de lo absurdo que era escribirle cosas que nunca leería, las rompía. Hasta que un buen día decidí  guardarlas. Aquellas cartas se convirtieron en poemas De Fragua y Yunque. Ya no paré de escribir: Relatos cortos, alguna novela que nunca vio la luz pero que todavía conservo,  y unos cuantos poemarios. Hubo algunos paréntesis en el tiempo en los que, por exceso de trabajo, no podía escribir. O quizá porque entonces no necesitaba contar nada a mi libreta. Hace algo más de ocho años volví a la escritura como terapia para afrontar un mal momento. Ahora ya lo hacía desde el ordenador. Un poemario y una novela que sí me atreví a publicar por considerarla muy especial Los gatos de Santa Felicitas. También llegaron entonces las colaboraciones en revistas culturales. Los poemas los voy compartiendo en mi blog. Los gatos de Santa Felicitas fue mi primera obra publicada pero no la primera que escribí. La primera Alba, la escribí allá por el año noventa. Giraba en torno a la donación y trasplante de órganos, un tema que por aquellos días me tocó muy de cerca.

“La libreta amarilla” es una historia sobre el mal del Alzheimer, la pérdida de los recuerdos, cómo afecta a toda la familia… ¿Por qué decidió escribir sobre ello?

En primer lugar quiero dejar claro que no es una historia real ni personal. Al principio no había pensado en escribir una historia pero un día fui con una amiga a casa de sus padres. Su madre padecía Alzheimer y llevaba ya tiempo en silla de ruedas. Mi amiga masajeaba uno de los pies a su madre. Yo observaba a ambas, el mimo con que la hija acariciaba el pie y la forma en que la señora se dejaba hacer. En un momento dado la madre preguntó:  “¿Es que no vamos hoy a escuela?”  Otra amiga que también nos acompañaba le respondió que no, que no íbamos a ir a la escuela. “Entonces… ¿es que es fiesta y no vamos?”, respondió, un poco confundida.

Yo observaba y no decía nada, pero me preguntaba qué era lo que estaba pasando por la cabeza de la madre de mi amiga en aquellos momentos. Había más personas en la sala, pero ella no estaba en nuestro tiempo ni con sus hijas. No las reconocía, ni a ellas ni a su marido. O eso creía yo. Tal vez sí los conocía. No había manera de saberlo. Quizá le eran conocidos pero no sabía el porqué.

A los pocos días escribí un relato muy breve. De eso hace ahora unos doce años. Algún tiempo después tuve ocasión de visitar la Unidad de Respiro de AFACAM, para entrevistarlos para la sección de entrevistas de la revista en la que yo colaboraba entonces. Me fijé en los dibujos que decoraban las paredes, pintados por los usuarios, y presté mucha atención a lo que la psicóloga del Centro nos contaba. Recordé a la madre de mi amiga, y a pesar de haber transcurrido unos cinco años, yo guardaba aquel relato de muy pocas líneas, y decidí regalarlo a la asociación que tuvo a bien incluirlo en uno de los números de su revista.

A partir de ahí mi amistad con los trabajadores del centro se fue afianzando. Yo continuaba colaborando en Amaranto, una revista cultural de Puerto de Sagunto, y le daba vueltas a volver a la Unidad de Respiro para entrevistar ahora a las trabajadoras voluntarias y que me contaran sus experiencias con los usuarios. Por entonces ya había decidido matricularme en la UNED. Y tomé la decisión de que cuando acabara las asignaturas que necesitaba para mejorar mi sintaxis, intentaría escribir una historia sobre una persona afectada con la enfermedad. Pero yo quería que fuera una historia diferente. Deseaba que fuera una historia contada desde dentro, desde la desmemoria. Narrada en primera persona, y que su protagonista me contara qué era lo que sentía, ¡Uf, ahora que lo pienso me doy cuenta de lo arriesgado de la tarea!

¿Qué ha sido lo más difícil de plasmar en la obra?

No voy a disimular, ha habido momentos que me han resultado muy difíciles. Tenía que contar lo que sentía Antonia, pero tenía que contarlo ella misma. ¿Y cómo va a contar algo una persona que olvida qué era lo que tenía que contar? “Es ficción” me repetía a mí misma. Además, tenía que procurar pasar del personaje de Antonia al de Teresa. Las dos tenían que ocupar su propio espacio narrativo. Tenía que jugar mucho con el texto cursivo y el entrecomillado para que el lector no se pierda (espero haberlo conseguido). Y en la tercera parte aunar sentimientos, plasmar una comunicación madre/hija sin que ninguna de ellas se percatara de que estaba siendo respondida por la otra. Todo esto me ha resultado muy laborioso.

La novela aborda la relación de Antonia y Teresa, madre e hija, en un proceso vital angustioso. ¿Qué personaje ha sido más difícil de abordar?

Quizá el de Teresa porque a ella tenía que dotarla de una vida real. Con ella había que emplear muchos elementos cotidianos. Los cuidadores de enfermos de Alzheimer son personas casi invisibles de cara a la enfermedad. Sin embargo son el obstáculo entre esta y el enfermo. Son el pilar sobre el que se apoyan los recuerdos. Y ha de ser un pilar muy fuerte y robusto porque no solo ha de soportar el peso de la enfermedad, sino que ha de hacerlo sin perder la noción de lo que sucede alrededor y que es ajeno al enfermo. Teresa tiene una hija, y necesidad de un trabajo, y tiene sueños, y tiene muchas cosas que no tiene ahora Antonia. Y tiene que tomar decisiones que toma ella sola porque no tiene hermanos. Yo no podía crear una heroína, porque en la vida real no las hay. En la vida real hay personas con enfermedades que cuenten con recursos para hacerles frente, y hay otras que no disponen de esos recursos. Pero no hay héroes ni heroínas. Teresa pertenece al segundo grupo. Su personaje debía tener mucho cariño a su madre, pero también momentos de rechazo, de debilidad y de resignación.

¿Cuál es el objetivo de “La libreta amarilla”?

En realidad no obedecía a ningún objetivo. Un día le vi la cara al Alzheimer, después quise verlo más de cerca. Tenía curiosidad por saber qué andaba por dentro de esas cabecitas desorientadas y si había alguna forma de ayudarlas. Y me sentí impotente. Conocí a una señora en la Unidad de Respiro. Antonia también llegó a conocerla. Era una señora muy guapa a pesar de la edad y de las arruguitas de la cara. Estaba con los otros usuarios en la sala donde realizan sus trabajos de dibujo. Los demás estaban relajados, disfrutando de la tarea. Ella estaba diferente y se dirigió a mí, Quería que la acompañara a coger su bolso porque tenía que irse a su casa. Necesitaba coger el autobús y llegar a casa antes que su padre. Me pedía ayuda para salir del centro. No porque estuviera mal allí, sino porque si se retrasaba en llegar su padre se enfadaría mucho y le haría daño. Estaba aterrada por lo que le pudiera pasar si llegaba tarde. Quería que la ayudara y yo no podía. Yo solo podía acariciarla y abrocharle la chaqueta porque tenía las manos muy frías y yo pensaba que tenía frío. No podía hacer nada más por ella, solo eso, acariciarla y arroparla. Me vine muy triste a casa las tres veces que coincidí con ella. No, no sé si hay un objetivo, quizá, inconscientemente, la empatía con estas personas. Visibilizarlas de alguna manera a través del teclado. No visibilizar el Alzheimer, que a ese ya lo conocemos y vemos, sino a las personas, a lo que pueden sentir y no pueden transmitirnos. Detrás de cada caso de Alzheimer hay una persona que piensa en algo, que se duele, que se regocija cuando escucha una música, que se siente sola cuando cierran la puerta de su habitación en la residencia… Y yo quería mostrarla, sin más.

¿Qué le diría al público para que lea su obra, que le anime a comprarla?

Lo que le diría es que si conocen a Antonia no los va a dejar indiferentes. Teresa también tiene su encanto pero Antonia es… Antonia.

Y además…

Me gustaría animar a los familiares de enfermos de Alzheimer a que visiten estas Unidades de Respiro, que no sean reacios a dejar por unas horas a su familiar en estos centros donde son atendidos por magníficos profesionales y voluntarios; que se animen a asistir a las charlas y talleres ofrecidos por expertos. Y, sobre todo, me gustaría que la Administración se tomara muy en serio la labor del «cuidador principal» y lo dotara de recursos. Porque poner a un aeropuerto el nombre de un político o personaje famoso que sufrió la enfermedad es un detalle irrelevante. Lo que hace falta es mayor inversión en investigación y dependencia.

 

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